miércoles 7 de octubre de 2026 16:15 pm
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«Estamos muy preocupados por entrar en ello sin evidencia muy clara sobre su utilidad, sus efectos a largo plazo.» La frase, pronunciada por Laurence Grummer-Strawn, jefe de la Unidad de Acción sobre Nutrición y Seguridad Alimentaria de la OMS, resume el espíritu de las primeras directrices internacionales sobre obesidad infantil y adolescente que la organización publicó este miércoles: la ciencia aún no sabe suficiente para medicar a los niños.

Los números que motivan el documento son de escala planetaria. En 2024, 170 millones de menores de entre cinco y 19 años padecían obesidad —70 millones de entre cinco y nueve años y 100 millones de entre 10 y 19—, y la prevalencia de la enfermedad crónica se cuadruplicó desde 1990, pasando del 2 al 8%. El fenómeno, lejos de concentrarse en los países ricos, crece más rápido en las naciones de renta baja y media.

La respuesta de la OMS se articula en dos documentos y tres ejes: intervenciones estructuradas sobre dieta, actividad física y modificación de la conducta, aplicables de forma individual o en programas multimodales, con herramientas de salud digital permitidas bajo supervisión de padres o tutores. Para los menores de 10 años, la recomendación contra los fármacos GLP-1, la cirugía bariátrica y los dispositivos es «fuerte», sin excepciones.

Para los adolescentes de 10 a 19, la farmacología y la cirugía quedan como opciones condicionales: medicamentos solo tras el fracaso de un programa de estilo de vida supervisado, y cirugía solo en obesidad severa con complicaciones, bajo criterios estrictos que incluyen madurez física y mental. La doctora Luz Maria de Regil reconoció la variabilidad internacional: «Dependiendo del contexto nacional, algunas asociaciones pediátricas nacionales pueden recomendarlo, pero la OMS no lo recomienda como una opción».

La discusión de fondo es epistemológica: cuánta evidencia exige la medicina antes de tratar a una población en desarrollo. La científica María Nieves García Casal lo planteó con claridad: «Todavía hay preguntas pendientes relacionadas con cuándo el tratamiento debería detenerse», porque los menores «están creciendo» y podrían obtener «una respuesta inmediata, pero con consecuencias en el futuro». Grummer-Strawn sumó la variable de la adherencia —»hay preocupaciones significativas sobre la adherencia al medicamento a largo plazo»— y los efectos adversos, que «no son muy severos, pero existen».

El mercado, entretanto, no espera a la evidencia. Los GLP-1 de Novo Nordisk (Wegovy, Saxenda) ya están aprobados para adolescentes de 12 años o más en Estados Unidos y la Unión Europea; la UE permite Saxenda en niños de seis a 11 años; y un estudio de la revista Pediatrics estimó unas 20.000 prescripciones de GLP-1 en niños de ocho a 11 años con obesidad pero sin diabetes, fruto de un aumento «brusco» entre 2019 y 2026.

De Regil dejó la puerta abierta a la revisión —»este es un campo que está evolucionando»—, pero la prioridad está clara: prevención ambiental, atención sin estigma, salud mental acompañando el tratamiento, y el objetivo de la Asamblea Mundial de reducir la prevalencia del 7% al 5% en mayores de cinco años para 2030. Como cerró García Casal, «el cuidado debe ser personalizado» y «el manejo de obesidad debe ir más allá de un único enfoque en la pérdida de peso».

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