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En la oficina de Caribe Tours en Verón, Punta Cana, aún huele a salitre y a gasolina. Es el olor que Daniel Cabreja llevaba en la piel después de cada jornada de trabajo, el mismo que sus compañeros extrañan ahora que solo queda su foto en el tablero de anuncios, rodeada de velas que se consumen lentamente. «Era el alma de este lugar», dice José Luis, su supervisor, mientras limpia con un trapo el volante de la guagua que Daniel manejaba. «Los turistas lo querían porque siempre tenía una sonrisa y conocía todos los atajos. Ahora solo nos queda su recuerdo».

Daniel no era solo un chofer. Era el hijo que quedó al cuidado de su abuela cuando su madre emigró a Nueva Jersey, el joven que se mudó a Punta Cana para trabajar y enviar remesas, el hombre que soñaba con reunirse con su familia para construir finalmente esa casa en Sabana Grande de Boyá que tanto prometió. «Era el más responsable de todos», recuerda su tío Ramón mientras hoja un álbum de fotos familiares. En una imagen descolorida, Daniel aparece a los 18 años, posando frente a un tractor en la finca donde creció. «Nunca se quejó de nada. Solo quería progresar».

Sus compañeros de trabajo lo recuerdan como un hombre alegre, siempre dispuesto a echar una mano. «Era el que llegaba temprano para limpiar la guagua, el que ayudaba a los nuevos, el que conocía a todos los turistas por su nombre», cuenta Yanira, una colega que aún no puede creer su muerte. «Soñábamos con que se fuera a Estados Unidos y luego nos ayudara a ir también. Ahora solo nos queda este vacío».

La noche antes de su viaje, Daniel cenó mangú con salami con sus amigos. «Nos dijo: ‘Nos vemos en un año, muchachos'», recuerda Rafael, su vecino en Verón. Al día siguiente, el 20 de julio de 2025, abordó el vuelo JB1245 de JetBlue con destino a Cancún. Su plan era llegar a Monterrey y de ahí cruzar a Laredo, Texas, donde su hermano Juan lo esperaba con un trabajo en construcción. Pero dos días después de su llegada a México, mientras el grupo de migrantes en el que viajaba se dirigía a Nuevo Laredo, fueron interceptados por hombres armados que se identificaron como agentes de migración. «Era una trampa», cuenta ahora un migrante hondureño que logró escapar. «Llevaban uniformes falsos y armas AK-47. A Daniel lo separaron porque tenía familia en Estados Unidos y podían sacar más dinero».

Durante los siguientes dos meses, la familia de Daniel vivió un infierno. Su madre, María Altagracia, recibió la primera llamada el 5 de agosto: «Tienen a tu hijo. Pagan cien mil dólares o lo matamos». La voz de Daniel al fondo, temblorosa, suplicando ayuda. «Mamá, ayúdame». Entre todos los familiares lograron juntar US$15,000, pero los secuestradores exigían más. «Cada vez que llamaban, la voz de Daniel sonaba más débil», recuerda su hermano Juan. «La última vez solo alcanzó a decir: ‘Rezen por mí. Creo que me van a matar'».

El 1 de octubre, el cuerpo de Daniel fue encontrado en un terreno baldío cerca de Nuevo Laredo, con un disparo en la nuca y las manos atadas. El informe forense detalla signos de tortura: quemaduras en el pecho y golpes en la cara. «Lo mataron como a un animal», dice su primo Miguel, quien intentó disuadirlo de hacer el viaje. Ahora, en Sabana Grande de Boyá, su casa tiene un lazo negro en la puerta y sus vecinos han organizado una colecta para ayudar a la familia a repatriar su cuerpo. «No es justo», dice su tío Ramón. «Él solo quería lo que cualquier hijo: estar con su madre».

Mientras tanto, en Punta Cana, sus compañeros han colocado una foto suya en el tablero de la oficina, rodeada de velas. En Nueva Jersey, su madre no ha podido dormir desde que recibió la noticia. «Quiero que mi hijo descanse en su tierra», suplica. «Pero no tengo ni para el funeral. ¿Dónde está el apoyo del gobierno?».

La historia de Daniel no es solo la de un migrante más. Es la de un hombre que representaba las esperanzas de miles de dominicanos que buscan un futuro mejor, pero que terminan atrapados en un sistema que los ve como mercancía. «Daniel no murió en vano si su historia salva a otros», dice Ana María, su prima. Pero mientras las autoridades no actúen con contundencia, el riesgo seguirá acechando a quienes, como él, solo buscan reunirse con sus familias.

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