jueves 1 de octubre de 2026 14:23 pm
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La guerra contra la grasa

Empieza temprano: la primera dieta, el primer comentario sobre el cuerpo, el primer anuncio de comida «light». Generaciones enteras crecimos aprendiendo que la grasa es el enemigo — algo que hay que quemar, congelar, esculpir fuera. Las redes sociales terminaron de armar el dogma: physiques ultrafibrosos, porcentajes de grasa casi imposibles, consejos para «definir» hasta el último músculo. Y este año, los expertos volvieron a encender las alarmas: la moda de la extrema delgadez regresa, ahora con un impulso nuevo — los medicamentos para adelgazar que se han vuelto fenómeno global.

La voz de la ciencia

Pero hay una voz que discrepa, y viene con credenciales. «Tenemos que querer a nuestra grasa», dice Elif Oral, endocrinóloga de la Universidad de Michigan. «Desempeña una función biológica muy importante». Lejos del estereotipo del tejido inútil, la grasa corporal resultó ser un órgano trabajador: almacena energía para las malas épocas (un legado de supervivencia de nuestros antepasados), produce la hormona leptina que tranquiliza al cerebro («hay reservas, puedes relajarte y dedicarte a reproducirte y combatir infecciones»), aísla del frío y, en su versión parda, literalmente genera calor quemando energía.

El cuento de Ricitos de Oro

Los investigadores usan una metáfora perfecta: como en el cuento de Ricitos de Oro y los tres osos, el cuerpo funciona mejor cuando las cosas están «en su punto justo». Demasiada grasa: problemas conocidos — diabetes, corazón, algunos cánceres. Demasiada poca: un organismo que entra en «modo de inanición», apaga la inmunidad, devora su propio músculo, abandona la reparación de los huesos, silencia hormonas — testosterona que cae, menstruaciones que desaparecen. En los extremos, la anorexia nerviosa advierte lo peor: esta historia puede terminar mal.

Incluso la epidemiología cuenta con una ironía llamada «paradoja de la obesidad»: ante una enfermedad grave, esas reservas que nos enseñaron a odiar pueden salvar la vida.

El giro final

Quizá lo más revelador del reportaje es lo difícil que es saber siquiera cuánta grasa tenemos: las básculas inteligentes se confunden con el agua del cuerpo, los calibradores domésticos mienten hacia abajo, el IMC confunde músculo con grasa. Un estudio con más de 700 deportistas encontró que el atleta más magro tenía un 10 % de grasa — él creía que tenía 2 %.

La moraleja no es nueva, pero llega justo cuando más falta hace: la grasa no es el enemigo; es la cantidad equivocada la que lo es. Y mientras la cultura exige extremos, la biología sigue pidiendo lo mismo que Ricitos de Oro: ni más, ni menos — justo lo que el cuerpo necesita. Como cierra la ciencia: la grasa es «a la vez poderosa y hermosa». ✨

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