viernes 2 de octubre de 2026 20:09 pm
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El anuncio de Hamás de que aceptaba «algunos elementos» del plan de paz propuesto por Donald Trump generó un destello de esperanza en un conflicto que ha dejado a Gaza en ruinas y a Israel al borde del colapso moral. «Creo que están listos para una paz duradera», escribió Trump en sus redes sociales, pero las palabras del líder estadounidense ocultaban una realidad más compleja: lo que Hamás ha aceptado no es un acuerdo, sino el inicio de una negociación llena de trampas y condiciones imposibles. El grupo palestino está dispuesto a liberar a los rehenes y ceder el poder, pero no está preparado para rendirse, y mucho menos para aceptar las demandas clave de Israel, como el desarme total y la exclusión de otras facciones palestinas en las decisiones sobre el futuro de Gaza.

El plan de Trump —que incluye la liberación de los rehenes, el desarme de Hamás y la creación de un gobierno palestino independiente— ha sido aceptado en principio por Israel, pero los detalles son un campo minado. Hamás ha dejado claro que no entregará sus armas a una administración extranjera, sino a un futuro organismo palestino, una distinción sutil pero crucial. «Estamos dispuestos a ceder el poder, pero no a rendirnos», declaró Osama Hamdan, portavoz del grupo, en una entrevista con Al Jazeera. Para Israel, esto es inaceptable: «No podemos permitir que Hamás conserve sus armas, ni siquiera bajo un gobierno palestino», advirtió un alto funcionario del gobierno de Netanyahu. «Eso sería como dejar un cáncer sin tratar».

El ultimátum de Trump —«Si no se alcanza este acuerdo de última oportunidad, se desatará un infierno como nunca antes se ha visto contra Hamás»— añadió una capa de urgencia a las negociaciones. Pero en Gaza, donde los bombardeos israelíes han reducido ciudades enteras a escombros, la gente no tiene tiempo para juegos diplomáticos. «Cada minuto que pasa sin un alto al fuego, más niños mueren», denunció un médico del Hospital Al-Shifa, mientras atendía a un niño con heridas de metralla. La Cruz Roja ha advertido que la situación es «catastrófica», con más de 1.5 millones de desplazados sin acceso a agua potable o alimentos. «No es solo una crisis, es un genocidio lento», declaró un funcionario de la ONU.

El silencio de Israel ante el llamado de Trump a detener los bombardeos es revelador. Netanyahu, cuya popularidad ha caído a niveles históricos, se enfrenta a un dilema existencial: si obedece a su aliado estadounidense, su coalición de derecha podría derrumbarse; si lo ignora, arriesga el apoyo de Washington. «Estamos en una trampa», confesó un asesor del primer ministro. «Si paramos los bombardeos, Hamás dirá que ganó. Si seguimos, Trump nos abandonará». Mientras tanto, en las calles de Tel Aviv, miles de israelíes salieron a protestar, divididos entre quienes exigen el cese al fuego para liberar a los rehenes y quienes claman por una victoria militar definitiva.

El plan de paz también enfrenta obstáculos en el lado palestino. Hamás ha aceptado negociar, pero no está dispuesto a rendirse sin garantías. «No podemos aceptar un acuerdo que no proteja nuestros derechos básicos», declaró un portavoz del grupo. Además, insistieron en que el futuro de Gaza debe decidirse con el consenso de todas las facciones palestinas, lo que incluye a grupos más radicales que podrían sabotear cualquier acuerdo. «Esto no es solo sobre Hamás, es sobre todo el pueblo palestino», añadió.

Mientras las negociaciones avanzan en Doha y El Cairo, donde Egipto y Qatar intentan mediar, el mundo observa con escepticismo y esperanza. «Por primera vez en dos años, hay una posibilidad real de paz», dijo un diplomático europeo. «Pero también hay un riesgo enorme de que todo se desmorone». En Gaza, los palestinos, exhaustos por la guerra, solo piden una tregua. «Cualquier cosa es mejor que esto», susurró una madre mientras abrazaba a su hijo en un refugio improvisado. Pero en Washington, Trump enfrenta su propia prueba de fuego: si las negociaciones fracasan, tendrá que decidir si cumple su amenaza o si retrocede, arriesgando su credibilidad en una región donde la debilidad puede ser fatal.

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